| HISTORIA
DEL CINE:
Historia
del cine, desarrollo histórico del arte audiovisual
conocido como cinematografía.
El cine
se desarrolló desde el punto de vista científico
antes de que sus posibilidades artísticas o comerciales
fueran conocidas y exploradas. Uno de los primeros avances
científicos que llevó directamente al desarrollo
del cine fueron las observaciones de Peter Mark Roget,
secretario de la Real Sociedad de Londres, que en 1824
publicó un importante trabajo científico
con el título de Persistencia de la visión
en lo que afecta a los objetos en movimiento, en el que
establecía que el ojo humano retiene las imágenes
durante una fracción de segundo después
de que el sujeto deja de tenerlas delante. Este descubrimiento
estimuló a varios científicos a investigar
para demostrar el principio.
Como la
mayoría de los inventos complejos, el cine es fruto
de una acumulación de hallazgos y experiencias
diversas, en cuya base hay que colocar el invento de la
fotografía.
A pesar
de la avalancha de patentes y de experiencias pseudo-
cinematográficas, la mayoría de historiadores
han coincidido en atribuir a los hermanos Louis y Auguste
Lumiere en 1895 el privilegio de efectuar las primeras
proyecciones públicas. Su aparato era el más
simple y perfecto de la época y servia indistintamente
de tomavistas, de proyector y para tirar copias.
El ilusionista
francés Georges Mélies con sus grabaciones
demostró que el cine servía para algo más
que para reproducir la realidad. Después llegaron
cineastas como los estadounidenses Edward S. Porter, D.W.
Griffith o el ruso Serguéi Mijálovich Eisenstein.
El cine
que se realizó durante el primer cuarto del siglo
XX fue mudo, hasta que en 1927 la productora Warner Brothers
produjera el primer film sonoro, El Cantor de jazz. Para
entonces, Hollywood había dejado de ser un pequeño
pueblo para erigirse como la Meca del cine. En la década
de los 40 se introdujo el color y durante la siguiente
época, el formato panorámico. Así,
con diversos altibajos, se ha llegado hasta la formidable
industria cinematográfica que es el cine hoy.
Los Primeros Experimentos:
Tanto
en Estados Unidos como en Europa, se animaban imágenes
dibujadas a mano como forma de diversión, empleando
dispositivos que se hicieron populares en los salones
de la clase media. Concretamente, se descubrió
que si 16 imágenes de un movimiento que transcurre
en un segundo se hacen pasar sucesivamente también
en un segundo, la persistencia de la visión las
une y hace que se vean como una sola imagen en movimiento.
Thomas Alva Edison y William
K. L. Dickson:
Hasta
1890, los científicos estaban interesados principalmente
en el desarrollo de la fotografía más que
en el de la cinematografía. Esto cambió
cuando el antiguo inventor, y entonces ya industrial,
Thomas Alva Edison construyó el Black Maria, un
laboratorio cerca de West Orange (Nueva Jersey), que se
convirtió en el lugar donde realizaba sus experimentos
sobre imágenes en movimiento y el primer estudio
de cine del mundo. Edison está considerado por
algunos como el diseñador de la primera máquina
de cine, el kinetoscopio, pero en realidad ni fue él
el inventor ni el invento era propiamente una cámara
de cine. Su ayudante, William K. L. Dickson fue quien
hizo en realidad casi todo el trabajo, diseñando
el sistema de engranajes, todavía empleado en las
cámaras actuales, que permite que la película
corra dentro de la cámara, e incluso fue él
quien por vez primera logró en 1889 una rudimentaria
imagen con sonido. El kinetoscopio, patentado por Edison
en 1891, tenía unos 15 metros de película
en un bucle interminable que el espectador —individual—
tenía que ver a través de una pantalla de
aumento. El artefacto, que funcionaba depositando una
moneda, no puede considerarse por tanto un espectáculo
público, y quedó como una curiosidad de
salón que en 1894 se veía en Nueva York,
y antes de finalizar ese año, en Londres, Berlín
y París.
Películas de una
bobina
En 1896
el ilusionista francés Georges Méliès
demostró que el cine no sólo servía
para grabar la realidad, sino que también podía
recrearla o falsearla. Con estas imaginativas premisas,
hizo una serie de películas que exploraban el potencial
narrativo del nuevo medio, dando inicio al cine de una
sola bobina. En un estudio en las afueras de París,
Méliès rodó el primer gran filme
puesto en escena cuya proyección duró cerca
de quince minutos: L’Affaire Dreyfus (El caso Dreyfus,
1899) y filmó Cendrillas (Cenicienta, 1900) en
20 escenas. Pero sobre todo a Méliès se
le recuerda por sus ingeniosas fantasías como Viaje
a la luna (1902) y Alucinaciones del barón de Münchhausen,
en las que experimentaba las posibilidades de los trucajes
con la cámara de cine. Méliès descubrió
que deteniendo la cámara en mitad de una toma y
recolocando entonces los elementos de la escena antes
de continuar podía, por ejemplo, hacer desaparecer
objetos. Del mismo modo, retrocediendo la película
unos cuantos centímetros y comenzando la siguiente
toma encima de lo ya filmado, lograba superposiciones,
exposiciones dobles y disoluciones (fundidos y encadenados,
como elemento de transición entre distintas escenas).
Sus cortometrajes fueron un éxito inmediato de
público y pronto se difundieron por todo el mundo.
Aunque hoy en día parecen poco más que curiosidades,
son precursores significativos de las técnicas
y los estilos de un arte entonces balbuceante.
Las películas mudas
Entre
1909 y 1912 todos los aspectos de la naciente industria
estuvieron bajo el control de un trust estadounidense,
la MPPC (Motion Pictures Patents Company), formado por
los principales productores. Este grupo limitó
la duración de las películas a una o dos
bobinas y rechazó la petición de los actores
de aparecer en los títulos de crédito. El
trust fue desmontado con éxito en 1912 por la ley
antitrust del gobierno, que permitió a los productores
independientes formar sus propias compañías
de distribución y exhibición, por lo que
pudieron llegar hasta el público estadounidense
obras europeas de calidad, como Quo vadis? (1912, de Enrico
Guazzoni), de Italia, o La reina Isabel (1912), de Francia,
protagonizada por la actriz Sarah Bernhardt.
El cine sonoro
En 1926
la productora Warner Brothers introdujo el primer sistema
sonoro eficaz, conocido como Vitaphone, consistente en
la grabación de las bandas sonoras musicales y
los textos hablados en grandes discos que se sincronizaban
con la acción de la pantalla. En 1927, la Warner
lanzó El cantor de jazz, de Alan Crosland, la primera
película sonora, protagonizada por el showman de
origen ruso Al Jolson, que alcanzó un éxito
inmediato e inesperado entre el público. Su eslogan,
sacado del texto de la película “aún no
has oído nada”, señaló el final de
la era muda. Hacia 1931 el sistema Vitaphone había
sido superado por el Movietone, que grababa el sonido
directamente en la película, en un banda lateral.
Este proceso, inventado por Lee de Forest, se convirtió
en el estándar. El cine sonoro pasó a ser
un fenómeno internacional de la noche a la mañana.
Desarrollo del cine en color
Los experimentos
con película de color habían comenzado ya
en 1906, pero sólo se había usado como curiosidad.
Los sistemas ensayados, como el Technicolor de dos colores,
fueron decepcionantes y fracasaban en el intento de entusiasmar
al público. Pero hacia 1933 el Technicolor se había
perfeccionado, con un sistema de tres colores comercializable,
empleado por vez primera en la película La feria
de la vanidad (1935), de Rouben Mamoulian, adaptación
de la novela de William Makepeace Thackeray. La popularidad
del color aumentó, y durante los años cuarenta
se empleó sobre todo en una serie de musicales
clásicos de la MGM (Metro Goldwyn Mayer), entre
los que destaca Easter Parade (Desfile de Pascua, 1948),
de Charles Walters. En la década de 1950 el uso
del color se generalizó tanto que prácticamente
el blanco y negro quedó relegado para películas
de bajo presupuesto que buscaban un realismo sereno, como
Marty (1955) de Delbert Mann, sobre las aspiraciones de
un carnicero del Bronx, o El hombre del brazo de oro (1955),
de Otto Preminger, en la que se contaba la historia de
un drogadicto. A partir de los años sesenta, el
blanco y negro quedó para crear efectos especiales
en películas como Psicosis (1960) de Hitchcock,
o La última película (1971), de Peter Bogdanovich.
Más recientemente, lo hemos podido ver casi siempre
en películas con pretensiones artísticas,
como El hombre elefante (1980), de David Lynch, Toro salvaje
(1980), de Martin Scorsese, La ley de la calle (1983),
de Francis Ford Coppola, o Zelig (1983), de Woody Allen.
Cine
tridimensional:
Durante
un breve periodo, a comienzos de la década de 1950,
una novedad conocida como 3D apareció en el mercado.
Consistía en la superposición de dos imágenes
distintas de la misma escena, cada una tomada con un filtro
de color distinto y desde un ángulo ligeramente
diferente, que, vistas a través de unas gafas en
las que cada ojo llevaba un filtro de color equivalente
a los usados durante el rodaje, reproducía la visión
estereoscópica, dando impresión de relieve.
Pero lo engorroso de tener que utilizar gafas para ver
las películas, la falta de nitidez en la imagen
y la escasa calidad de las películas con que se
lanzó, dieron al traste con la viabilidad comercial
del sistema. Tras una moda pasajera, con éxitos
relativos como el de Los crímenes del museo de
cera (1953), de André de Toth, la novedad ya no
fue tal y las películas en 3D se dejaron de producir,
distribuyéndose las que ya estaban terminadas en
este sistema como películas convencionales.
La televisión por
cable y el vídeo doméstico:
La década
de 1980 ha sido testigo de una revolución en las
formas de acceder a los productos cinematográficos,
con la sustitución del visionado en las salas de
cine por el vídeo doméstico, en el que los
títulos de estreno —especialmente los de las grandes
superproducciones— están disponibles poco después
de su pase por las salas. Este hecho, unido a la implantación
progresiva de la televisión por cable, con canales
temáticos, en las que hay y habrá aún
más canales especializados en la emisión
continua de películas, amenaza seriamente no ya
a la industria, sino el hecho mismo del cine. Como consecuencia,
se está creando un clima parecido al de la década
de 1950, cuando las productoras buscaron, ante la llegada
de la televisión, nuevos formatos en busca de un
mayor espectáculo, para conseguir atraer nuevamente
a los espectadores a las salas de cine.
CINEMATOGRAFÍA:
arte y oficio de
hacer películas. Aunque Thomas Edison hubiera patentado
el kinetoscopio en 1891, el cine propiamente dicho no
se conoció hasta el lanzamiento en 1895 por los
hermanos Louis y Auguste Lumière en París,
del cinematógrafo, capaz de proyectar películas
sobre una pantalla para una gran audiencia. Así
apareció un nuevo espectáculo de masas,
bautizado como el séptimo arte. Sólo hacía
falta añadir el sonido a las imágenes. Esto
se consiguió con la invención de los sistemas
de sincronización sonido-imagen por la Vitaphone
(1926) y la Movietone (1931) para que fuese tal y como
hoy lo conocemos.
El funcionamiento
del cine se basa en una propiedad de la retina del ojo
humano conocida como principio de la persistencia de las
impresiones retinianas. Cuando la lente del ojo, el cristalino,
enfoca una imagen sobre la retina, los impulsos nerviosos
que llegan al cerebro son estimulados por la secreción
de unos fotopigmentos específicos, cuya actividad
química persiste si la imagen desaparece repentinamente,
manteniéndose la estimulación de las señales
nerviosas durante un breve periodo de tiempo. La duración
de este periodo de tiempo durante el cual la señal
persiste, dependerá del estado de adaptación
del ojo. Este principio fue formulado en 1829 por el físico
belga Joseph Plateau, que fijó la duración
de esta persistencia en una décima de segundo.
Cuando
la luz de ambiente está a un nivel bajo se dice
que la retina está adaptada a la oscuridad y la
actividad nerviosa persiste durante un tiempo aún
mayor. Esta es la razón por la que una lámpara
que gira en círculos en una habitación oscura,
aparece a los ojos del espectador como un círculo
continuo, ya que la fuente de luz vuelve una y otra vez
a la misma posición, antes de que la actividad
de la retina haya decaído apreciablemente. Las
salas de cine están a oscuras, de modo que las
retinas de los espectadores están adaptadas a dicha
oscuridad, llegándoles una sucesión de imágenes
fijas proyectadas en la pantalla en una sucesión
rápida, de modo que se produce la impresión
del movimiento. Las películas suelen ser de 24
imágenes por segundo, aunque a veces tienen 25,
para adecuarse mejor a la cadencia de la señal
del vídeo y la televisión, y en la época
del cine mudo tenían 16, número que parece
suficiente para mantener la ilusión de un movimiento
continuo.
KINESCOPIO:
Tubo de rayos catódicos que sirve para la reproducción
de las imágenes de televisión. También
kinescopio y cinescopio.
LENGUAJE DEL CINE:
El cine
está hecho de un lenguaje cuyo contenido son lenguajes.
Esto, que parece el dictamen de un obstinado credo formalista,
es - retruécano aparte - una incuestionable realidad.
Dicho en otras palabras: el cine habla del mundo y este
mundo sólo llega al hombre a través de inevitables
capa de lenguaje. Sin lenguaje, el universo no tiene sentido
(el sentido - todo sentido - lo proporciona, precisamente,
nuestra capacidad lingüística, o sería
mejor decir, semiótica). Aun André Bazin,
el más comprometido teórico del realismo
cinematográfico, creía que el mundo tiene
un sentido y que nos habla en un lenguaje ambiguo si nos
preocupamos de escucharlo, si silenciamos nuestro deseo
de que ese mundo signifique lo que nosotros queremos (1).
Por esto, hablar del contenido de un film sin adquirir
plena conciencia de que lo que todo film exhibe es, para
decirlo de algún modo, una fabricación semiótica,
es pecar de la mayor ingenuidad; es suponer que la realidad
que exhibe el cine es un recorte de la "realidad"
del mundo, de la cual él constituye un espejo o
quizás una ventana(2).
Que lo
que el cine "habla" no sea la realidad misma,
sin embargo, no quiere decir que los filmes no se refieran
al mundo (es principalmente lo que hacen), ni que su hacer
no sea profundamente ideológico (siempre, justamente,
esto es lo que es). Pero la relación entre el responsable
concreto de un acto de lenguaje (un director de cine o,
en otro contexto, un periodista) y lo que postulan sus
discursos, pasa por los mecanismos del lenguaje: la ideología
de un discurso se sustenta en el valor y el valor se instala
inevitablemente en el lenguaje (3).
Analizar un film, entonces, no se reduce a reconstruir
la historia que él refiere, como si se tratara
de un suceso(4), de alguna manera, extraído directamente
del mundo, para posteriormente valorar el "agregado"
que el lenguaje coloca sobre él, a través
de las connotaciones que ese mismo lenguaje propicia(5).
No es que el cine "extrae" la realidad que es
el "contenido" y luego la comenta (6) por medio
de la "forma", sino que, como sostiene Giannetti
(1972:5) forma y contenido son dos aspectos de una misma
realidad hecha de lenguaje(7):
… Inclusive los términos "forma" y "contenido"
no son tan distintos como algunas veces lo parecen. En
realidad, en muchos aspectos, los términos son
sinónimos (...) La forma de una toma – la manera
en la cual un sujeto es fotografiado – constituye su verdadero
contenido, no necesariamente lo que se percibe del sujeto
material en la realidad. El teórico de la comunicación
Marshall McLuhan ha afirmado que el contenido de un medio
es en realidad otro medio. Por ejemplo, una fotografía
(imagen visual) que representa a un hombre que come una
manzana (un sabor) comprende dos medios diferentes – cada
medio comunica una información - "un contenido"
– de una manera diferente. Una descripción verbal
de la fotografía del hombre que come una manzana
involucraría una vez más otro medio (el
lenguaje), el cual comunica información de otra
manera. En cada caso, nuestra información está
determinada por el medio aunque, superficialmente, todas
las descripciones tienen el mismo "contenido".
Aún
el sentido literal (8) (analógico) que proviene
de la imagen y de la relativa identidad del ruido con
los ruidos del mundo, derivan de un trabajo de descodificación:
la denotación no es una operación literal,
sino semiótica, es decir, una operación
mediante la cual se construye el sentido. Tal como sostiene
Roger Odin (1990:133) al comentar a Bloomfield:
En el
lenguaje verbal, la denotación funciona arbitrariamente,
no en virtud de la motivación: "existe una
convención que fija el sentido denotativo (…) y
que permite el funcionamiento del mecanismo referencial".
En la imagen, pareciera que la denotación no se
puede obtener sino por sustracción, el conjunto
mínimo de elementos significantes que permite la
identificación del objeto denotado, no puede ser
obtenido sino a través de la eliminación
sucesiva, "como cuando uno deshoja una alcachofa",
de todos los agregados interpretativos.
Por todo
lo antes dicho, analizar con pertinencia un film requiere
hablar de su lenguaje - tanto como, por ejemplo, hablar
de la novela requiere del conocimiento reflexivo de la
lengua escrita - de sus posibilidades significantes, de
sus vericuetos, de sus alcances y sus convenciones. Todo
discurso analítico sobre el cine debe comenzar
por preguntarse, con detenimiento, cómo está
constituido su lenguaje.
Algunas
aproximaciones al estudio del lenguaje del cine
Una larga
discusión ha precedido la denominación que
utilizamos para referirnos a lo que hoy llamamos, con
naturalidad, el "lenguaje cinematográfico",
es decir, al conjunto (estructurado y operativo) de los
recursos significantes que hacen posible construir un
film como discurso. De tan minuciosa como dilatada discusión,
pueden retenerse algunos aspectos esenciales:
Cine:
lengua o lenguaje
Hablamos del lenguaje del cine y no de la lengua cinematográfica,
porque el cine se expresa en un lenguaje, no en una lengua.
Tal distinción, introducida por Christian Metz
en un famoso artículo que lleva el mismo nombre
de este parágrafo, no es puramente terminológica,
sino que engloba varios problemas de fondo.
En primer lugar, desde los estudios lingüísticos
fundadores del estructuralismo debidos a Ferdinand de
Saussure (9) la lengua (objeto de estudio de la lingüística)
es el componente social del lenguaje, un tesoro depositado
en cada cerebro, que abarca la suma de las imágenes
verbales almacenadas en todos los individuos. Para Saussure,
el código lingüístico consiste solamente
en una multitud de signos aislados, cada uno de los cuales
asocia un sonido a un sentido particular (10). Como se
ve, que el cine pudiera aceptarse como lengua - en este
primigenio sentido de Saussure - implicaría que,
tal como lo hacen las lenguas habladas, contaría
con significantes capaces de correlacionarse firmemente
con ciertos significados y dar lugar a un diccionario.
De lo anterior se sigue que, si el cine fuera una lengua,
estaría exhaustivamente constituida por signos
cinematográficos (en el mencionado sentido de Saussure)
y, por tanto, sería posible descomponer dicha lengua
en unidades mínimas, (como, por ejemplo, lo ha
pretendido, sin éxito, Pasolini (11)).
Aunque el argumento esgrimido por Christian Metz de que
el cine no se expresa en una lengua debido a que el lenguaje
que utiliza no presenta una doble articulación
(12) (como, de hecho, sí la presenta la lengua
hablada) ha mostrado ser insuficiente (13), vale la pena
señalar, que la imagen no conoce nada homólogo
a la segunda articulación de las lenguas naturales,
es decir, a la articulación en fonemas (14). Tampoco
conoce nada parecido a los morfemas - es decir, a unidades
de primera articulación que actúen como
marcas gramaticales (de número, género,
etc.) -, ni a los lexemas o palabras (15).
Por último, pensar que el cine es una lengua, equivale
a pensar (sin demasiada propiedad) que el cine opera como
un único código (ver más adelante)
y no como una multiplicidad de códigos (16).
Afirmar que el cine es un lenguaje y no una lengua, implica,
por el contrario, postular:
Que el lenguaje que hace posible la construcción
de un film es el producto de una concurrencia de sistemas
de significación.
Equivale también a decir que no es posible segmentar
un texto fílmico atendiendo a unidades fijas que
revistan una significación mínima (17).
Los códigos
La tradición semiológica ha denominado códigos
a los diferentes sistemas de significación que
conforman el lenguaje cinematográfico. El vocablo,
sin embargo, remite a una conceptuación hasta cierto
punto ambigua y no poco problemática, Por tal razón,
es conveniente detenerse a examinarla, retomando una discusión
desarrollada fundamentalmente por Umberto Eco (1984, 316).
Para el Diccionario de la Real Academia Española,
un código es, por una parte, un sistema de signos
o señales y reglas para dar otra forma a un mensaje
y, por otra, un cuerpo de leyes dispuestas según
un plan metódico y sistemático. El término
designa, de entrada, tanto la estructura de correlaciones
que hace corresponder, término a término,
un significado a un significante, como la estructura organizadora
de un conjunto de elementos los cuales pueden funcionar
eventualmente como significados o significantes(18). La
primera de estas dos acepciones es la que utilizamos cuando
hablamos del código morse: el código, en
este caso, es entendido como una regla que asocia los
elementos de dos conjuntos organizados de ocurrencias:
las letras del alfabetos y los signos conformados por
puntos y rayas. Lo mismo sucede, por ejemplo, con la regla
que relaciona las luces de un semáforo y las órdenes
correspondientes de "alto", "siga"
o "transición". La regla que asocia las
posiciones de las agujas en un reloj analógico(19)
y las correspondientes medidas temporales que se entienden
por la "hora", constituye otro ejemplo de código
en este primer sentido. En el segundo caso, el término
es entendido como un conjunto de reglas (o normas) que
confiere un orden interno a ciertas estructuras: como
cuando se habla del código de cortesía o
del código caballeresco. Ejemplos de códigos
en este segundo sentido lo constituyen el conjunto de
pautas que rigen la sucesión de los pasos de un
determinado baile, las reglas que regulan los desplazamientos
de las agujas del reloj de nuestro anterior ejemplo, las
exigencias que condicionan la organización de las
notas dentro de una melodía tonal o las reglas
narrativas que organizan los relatos (20), incluyendo
los relatos en el cine.
Es precisamente Eco (21) quien más ha logrado aclarar
las relaciones entre el código entendido como correlación
(al cual denomina propiamente código) y el código
institucional o código entendido como principio
de organización (al cual denomina structural-code
o s-código). Mientras el código (correlacional)
es una regla que asocia los elementos de dos s-códigos,
dando lugar a un sistema bi-plano (22), el s-código
constituye un sistema monoplano, sobre el cual no opera
ninguna correlación. Umberto Eco (1984:289) postula
que en la mayoría de los lenguajes, concurren códigos
y s-códigos de una manera compleja y, que, inclusive,
el aspecto institucional de los s-códigos conlleva
aspectos que remiten a la correlación (23).
Los códigos
en el cine
Dentro de los estudios teóricos del cine el uso
del vocablo código ha corrido la misma suerte señalada
y su significación se ha seguido manteniendo laxa
y generalizadora Cuando decimos que un film está
altamente codificado, por ejemplo, podemos querer decir
dos cosas. En primer lugar, que la relación que
une las ocurrencias de lo que oímos y vemos (este
plano o esta sucesión de planos, este gesto en
el actor, esta tonadilla, esta iluminación) con
lo que dichas ocurrencias significan, es convencional
(estamos en la primera acepción del término).
Podemos querer decir, en segundo lugar, que la estructura
según la cual se organiza la historia (y/o la forma
como ésta se manifiesta), resulta previsible, porque
obedece, en su conformación, a ciertas reglas preestablecidas
(tal tipo de acontecimiento está invariablemente
seguido de tal otro, tal tipo de plano de tal otro tipo
de plano). Estamos en la segunda acepción del término.
En la práctica, una y otra acepción, son
identificadas: siguiendo a Metz, utilizamos indistintamente
la denominación de código, tanto para los
códigos propiamente dichos o correlacionales (cuando
incluimos en un análisis la consideración
del código lingüístico o del código
del montaje clásico), como para los s-códigos
o códigos organizadores, (cuando consideramos dentro
de un estudio analítico los códigos del
sistema tonal o los códigos narrativos). El código
ha devenido en un (útil) concepto saco que suele
entenderse como cierto tipo de lenguaje "encastrado"
en ese lenguaje "mayor" que es el del cine.
El lenguaje del cine es, por tanto, pluricódico
(24).
La teoría
se ha encargado de jerarquizar y organizar cada uno de
los códigos que intervienen en la construcción
de un film. Ensayos de esa taxonomía son los adelantados
por Christian Metz (1973:87), para quien el lenguaje cinematográfico
nace de la realización particular de códigos
propios del cine (o códigos fílmicos cinematográficos)
y códigos no propios del cine (o códigos
fílmicos no cinematográficos); Emilio Garroni
(1968, 332), para quien más bien concurren en los
filmes códigos no propios del cine de una manera
particular (es decir, todos los códigos son mixtos,
en un sentido que se explicará más adelante);
Casetti y Di Chio (1990:65), quienes recogen los resultados
de Metz y conciben una versión de los códigos
cinematográficos a los cuales denominan códigos
"internos" (códigos tecnológicos
de base, códigos visuales, gráficos, sonoros
y sintácticos); Michel Marie (1975), quien propone
- no los denomina códigos - un "inventario
de parámetros a tener en cuenta en la práctica
descriptiva", y Roger Odin (1990:139), cuya clasificación
intenta sistematizar el trabajo de Metz, organizándolo
en tres tipos de códigos: Códigos fílmicos
no cinematográficos, códigos fílmicos
cinematográficos y códigos mixtos.
Sin embargo, a pesar de la profusión de interpretaciones
y refinamientos a que se ha sometido la propuesta de Metz
(y al recurso obligado al concepto de código, dentro
de las cátedras universitarias de análisis
fílmico), la utilización exclusiva del análisis
"códico" resulta, hoy en día,
cuestionada. Aumont y Marie lo expresan en estos términos:
El interés
teórico de la noción de código nos
parece, todavía hoy en día, muy grande […]
Por el contrario, el interés práctico de
la noción de código es menos evidente: siendo
que el principal interés que reviste dicha noción
es, precisamente, su universalidad, la misma está
lejos de constituir un instrumento que se muestre siempre
como inmediatamente eficaz (25).
A partir
de ahí los autores proceden a formular críticas
específicas: todos los códigos no son iguales
[…] y el concepto se hace heterogéneo; un código
no se presenta jamás en estado puro y, lo que parece
más importante,
… en la
medida misma del valor artístico [de un] film analizado,
la noción de código pierde, en mayor o menor
grado, su pertinencia. Los "grandes" films son
a menudo reputados como tales por sus efectos de originalidad,
de ruptura: así, el análisis "códico"
sería, sobre todo, adecuado para un film de serie,
un film "medio"…
Pero a
pesar de todos los reparos, el estudio de los códigos
constituye, hasta la presente fecha, un insustituible
recurso en términos didácticos. No solamente
porque, como sostienen Casetti y Di Chio (1990:73), todavía
es innegable que en el cine existen conjuntos de posibilidades
bien estructurados, en los cuales los elementos tienen
valores recurrentes, y a los que se pueden hacer referencias
comunes, sino porque esas referencias comunes instituyen
una suerte de alfabeto previo sobre lo cual el aprendiz
de analista construye (y desconstruye) su saber posterior.
La ciencia, se sabe, no parte sino de modelos, para desecharlos,
afinarlos, empinarse hacia otros modelos. El análisis
en términos de códigos, entendidos éstos
no como sistemas preexistentes a los textos, sino como
construcciones analíticas que permiten explicar
más productivamente el funcionamiento textual,
ha venido constituyendo hasta ahora (y parece que seguirá
siendo así por mucho tiempo), un escalón
obligatorio sobre el cual, muchas veces, el estudioso
se empina para dejarlo atrás, sin poderlo jamás
remover del basamento.
Notas
aclaratorias
(1) Andrew,
Dudley (1976:206).
(2)... existe un interés generalizado por “escondernos
algo en la imagen”. Ese algo, podríamos añadir
nosotros, no es sino su aspecto de lenguaje, su carácter
de instrumento de persuasión, ya que no existen
espejos que no sean deformantes, pues todo acto de lenguaje
icónico es fruto (...) de una estrategia significativa
y por tanto persuasiva” Carmona (1991,16).
(3) No hay “ideología del autor” en ningún
discurso, tan sólo ideología del discurso
(del autor). Claro que la ideología del autor,
si por ella se entiende algo cercano a la escala de valores
y concepciones que derivan de la pertenencia de este autor
a un determinado grupo social, generalmente coincide con
el sistema de valores que portan sus discursos: deseablemente
lo que dice un film, debe coincidir con lo que suscribe
quién o quiénes lo hacen. Pero también
se puede ser hipócrita o manipulador. En último
término, pensar que todo discurso es una cierta
réplica de su autor desde el punto de vista de
la ideología (apartando la necesaria confusión
entre instancias textuales y contextuales en el análisis
que una tal operación conlleva), presupone la pretensión
de que las “condiciones de producción” del texto
son recuperables a partir del análisis que podamos
hacer del mismo, ambición que dibuja un analista
que omnipotentemente es capaz de reconstruir la “realidad”
a partir de algunos de sus datos. Dicho en otros términos,
la distancia que hay entre un discurso y su autor, es
la misma que existe entre cualquier individuo y sus palabras.
Y tanto los refranes como las prometidas conocen todas
las precauciones que debe tenerse para no confundir el
dicho con el hecho.
(4) De esta sujeción a la instancia del lenguaje
no esta exento ni siquiera el film documental: Un noticiero
es considerado verdadero, si es creíble. La verdad,
en consecuencia, es el resultado de un efecto producido
en el espectador mediante un proceso constructivo retórico,
a través del cual la articulación de imágenes
y sonidos adquiere estatuto de verosimilitud (Carmona
(1991,172)
(5) Para un estudio detallado de la connotación
en el cine véase Odin (1990:111-135).
(6) De la falacia que podríamos llamar “contenidista”,
está lleno el análisis de las obras de creación.
De acuerdo con la misma, se atiende a la “veracidad” de
las historias que refiere el cine (o el teatro o la novela)
y el análisis se reduce a la evaluación
de cierta adecuación entre estas historias y las
historias que se suponen “reales”. Pero toda historia
narrada, puede decirse, siempre es también discurso:
un film doblado, por ejemplo, ya no es el mismo film y
de alguna manera, ya no cuenta la misma historia que el
original.
(7) Traducción nuestra.
(8) El argumento de Giannetti (1972:7) va más allá,
en una posición metacrítica que subscribimos
por entero: Ningún crítico de la literatura
o la pintura que sea inteligente valoraría una
obra de arte por la “importancia temática” del
asunto que ella trata. Proceder de esa manera lo colocaría
a uno en la dudosa posición de preferir un mural
de oficina, al retrato de una anciana horrible de Rembrandt,
o a pronunciarse por una mediocre novela épica
como Lo que el viento se llevó, por encima de una
"historia doméstica de amor” como Orgullo
y Prejuicio. Un filme de Alfred Hitchcock es descartado
como un “mero trhiller”, a pesar de que Hamlet - en este
nivel de la crítica - podría se descartado
de manera similar (…) Por el otro lado, algunos críticos
celebran un “mata tigres (potboiler)” didáctico
como Ship of Fools de Stanley Kramer debido a su tan “importante”
tema, aunque en términos formales se trate de una
película gris y sin inspiración.
(9) Saussure (1945:57).
(10) Ducrot y Todorov (1972:144).
(11) Véase por ejemplo “El rema”, en Urrutia (1976:299).
(12) De un inventario muy reducido de sonidos que en cada
cultura el hombre emite al hablar, la lengua logra componer
un universo inmenso de vocablos que permiten abarcar el
vasto campo del sentido. Esto se logra mediante la doble
articulación: componiendo palabras (o lexemas)
y marcas semánticas (o morfemas, como la “s” en
castellano para designar el plural) para formar las frases
(esta es la llamada primera articulación) que a
la vez provienen del acoplamiento de estas unidades sonoras
o fonemas (esta es la segunda articulación). La
primera articulación tiene lugar entre unidades
dotadas de significación, la segunda articulación,
por el contrario, vincula unidades que, en sí mismas,
carecen de significado).
(13) Umberto Eco (1968:253) ha demostrado que hay lenguajes
de una, dos o más articulaciones, razón
por la cual el número de articulaciones no es el
único criterio para identificar a un lenguaje con
la lengua.
(14) Odin (1990:65).
(15) No obstante, algunas figuras ópticas, como
por ejemplo el fundido a negro o el fundido encadenado,
ejercen a menudo la función de delimitadores sintácticos
(es decir, unidades que marcan la finalización
de una secuencia, de una parte, o la transición
entre secuencias). Por tal razón Odin (1990:73)
da a tales figuras la denominación de seudomorfemas.
(16) Odin (1990:145) plantea esta discusión en
otro sentido: para Arnheim, el lenguaje cinematográfico,
en tanto lenguaje de imágenes animadas, es un todo
coherente y homogéneo y, por esta razón
es un arte. De allí proviene la idea de que existe
un código cinematográfico al cual hay que
guardar fidelidad. Odin se pronuncia en contra de lo que
considera una confusión entre una aproximación
sistemática y una aproximación estética
formativa.
(17) No existe un diccionario de significaciones cinematográficas
fijas y universales (tal como sí existe, por ejemplo,
un diccionario de cada lengua hablada). Pensar en un lenguaje
del cine, es pensar en que su modo de significación
exhibe la variabilidad de un sistema más o menos
laxo (tal como ocurre cuando se habla del “lenguaje de
los gestos naturales” o “el lenguaje de las flores” e,
incluso, del “lenguaje de la música”, nunca la
rigidez sintáctica ni la economía léxica
de la lengua hablada).
(18) Las reglas narrativas que, de acuerdo con una larga
tradición implican que, después de la adquisición
de la competencia (de la "prueba cualificante")
tenga lugar la performance o realización (la "prueba
definitiva"), exhiben una estructura de este tipo.
También constituyen restricciones que podríamos
llamar "gramaticales" las recomendaciones que
operan sobre el montaje y que (relativamente) prohíben
que un primerísimo primer plano vaya seguido de
un gran plano general, etc.
(19) Tanto las posiciones del reloj, como la medida del
tiempo, constituyen conjuntos fuertemente estructurados,
sistemas de unidades definibles por sus posiciones recíprocas
(Eco, 1984, 316). En el primer caso, la estructura matemática
que describe las posiciones de las agujas se conoce en
el álgebra como la de un grupo cíclico aditivo;
en el segundo caso se tiene una estructura similar a la
de los números reales positivos, imaginable como
una recta que se extiende unidireccionalmente hacia el
futuro y hasta el infinito. Metafóricamente digamos
que la regla de la cual hablamos modela el avance infinito
del tiempo (que actúa como contenido), mediante
la infinita circulación de las agujas del reloj.
(20) Más adelante precisaremos este término.
(21) Véase Eco (1976:82) y sobre todo Eco (1984:289-333).
(22) Ya que conforma una estructura que consta de un plano
del contenido y un plano de la expresión (Greimas
y Courtés [1979:47]).
(23) La ruptura de un código organizador es significativa
de por sí: la violación de una regla de
etiqueta, por ejemplo, hace pensar inmediatamente en la
mala educación del trasgresor; la desobediencia
de un código estilístico o del código
de un género produce, de inmediato, efectos semánticos
de ruptura y de “originalidad”.
El código lingüístico, sin ir más
lejos, es un código complejo, podría decirse
un hiper-código, ya que en el concurren tanto códigos
de denotación, como códigos de connotación.
(Ver Eco, 1976:110). La complejidad del lenguaje cinematográfico,
es una complejidad de complejidades. |