INVITACION A LA MEDITACION
Uno de los artículos que me han parecido más interesantes de la revista "Triángulo de Luz", ha sido publicado hace ya algunos meses con el título «Conócete a ti mismo». En este artículo, cuya lectura y sosegada reflexión aconsejo a todos, se contiene una máxima de Platón que considero de máxima significación: Todo lo que el hombre aprende está ya en él..." a la vez que aconseja con el objetivo de alcanzar la verdadera sabiduría realizar ciertos estados que avanzan siempre más profundamente hacia el ser, hacia dentro, hacia el centro de uno mismo, donde la conciencia del hombre debe ser emanada para hacerle capaz de alcanzar el verdadero conocimiento real.
¿Qué método, de qué sistema nos ha dotado la divinidad para realizar esos estados trascendentales, para avanzar hacia nuestro propio centro y alcanzar en nosotros mismos y por nosotros mismos ese núcleo en el que se auto contiene y está todo?
Pues bien, estamos hablando de la meditación, entendida en el sentido que a continuación nos va a exponer, y desechando, para los fines que aquí nos ocupan, otras significaciones o metas de la misma por muy loables y fructíferas que sean.
En efecto, creemos que la meditación viene a ser sinónimo de relajación, de forma que al meditar se nos adormecen los sentidos y se llega a un estado de dulce relajación física y mental. Por supuesto un estado muy agradable y beneficioso. La meditación, interpretada de esta forma, es una técnica que operaría sobre los elementos externos del centro de nuestro verdadero ser (cuerpo e incluso mente), para serenarlos y permitirles enfrentarse con ecuanimidad y sosiego a los avatares de la vida diaria.
Para otras personas algo más contemplativas, meditar viene a ser sinónimo de reflexionar, sopesar, argumentar en pro y en contra de determinados aspectos que o bien les preocupan o bien constituyen temas trascendentales a los que les gustaría encontrar una explicación plausible o una razón lógica. En este caso, la meditación como método de reflexión viene a utilizar la razón, la lógica, el instrumento útil de la palabra, sí no expresada verbalmente, sí pensada o representada en el intelecto. - En definitiva, se trata de utilizar los medios de los que nos valemos a diario en nuestra vida cotidiana, con la particularidad de hacerlo en la intimidad y la soledad de uno mismo para provecho de nuestra vida.
Sin embargo, la meditación a la que quisiera referirme, la cual vengo humildemente practicando desde hace algún tiempo, y a la cual entusiastamente animo a todo buscador sincero, es aquella que, pasando por el estado de relajación (paso previo y necesario), trasciende el reposo mismo para ir más allá, mas al fondo de nuestro ser, penetrar en lo que hay detrás de toda la realidad material, y que para hacerlo se desprende de la palabra, del pensamiento, del raciocinio y hasta de la lógica, es decir, ignora todos los instrumentos de la mente humana, que para este viaje interior no solamente no son útiles sino que nos vienen a perturbar.
Efectivamente, la mente sirve para lo que sirve, y correlativamente no sirve para lo que no sirve. Parece una obviedad, pero entiendo que en las obviedades más simples está la verdad. Un teléfono es muy útil, pero si queremos escribir tendremos que utilizar un lápiz, porque el teléfono para escribir no vale. Y no por eso hay que menospreciarlo o ridiculizarlo. Pues bien, el lugar al que vamos a adentrarnos a través de la meditación trasciende la mente y los sentidos y por eso no puede ser aprehendido o asido con ellos. Para avanzar en meditación profunda, es inútil obligarse a ello o proponérselo con los medios de razonamiento que habitualmente utilizamos.
¿Y cuál es ese lugar al que nos adentramos? ¿Cuál es ese espacio que místicos, los sabios, los buscadores de todas las tradiciones han querido alcanzar ir a lo largo de la historia?
Ese lugar, ese sitio, es nuestro espacio interior, una zona de vacío eterno en la que aparentemente no hay nada, no ocurre nada, pero que realmente lo contiene todo.
Creemos que no hay nada, pero lo suponemos con nuestro razonamiento externo y superficial. Cuando nos desprendemos del mismo, cuando abandonarnos todo aquello que creemos ser lo único que tenemos (nuestras técnicas, nuestros métodos, nuestras vivencias) llegamos a lo que realmente somos, a nuestra verdadera esencia, al centro de todos los centros, que no es otra cosa que el espacio ulterior en el que habita la divinidad, la misma que ha puesto su semilla en el hombre, ese espacio en el que reside el alma infinita, el espíritu del Creador vivo en el hombre. Ese espacio eterno es la conciencia pura. Es la conciencia universal, penetrante, omnipresente y eterna, la misma que existe desde el comienzo de los tiempos y nunca perece, es la que conciencia que todo lo comprende y que todo lo abarca, la conciencia que pertenece (y que es inherente) a todos los seres vivos e inertes de todos los planetas y mundos imaginables y por imaginar. Mundos inexorables, que han existido desde siempre en un eterno presente. Esa conciencia es inabarcable porque es el infinito mismo. Esa conciencia, por más esfuerzo que hagamos, no puede ser definida, ni establecida con palabras, porque es la conciencia la que crea la palabra, es la conciencia de la que surge todo, luego la palabra no puede comprender a aquello de lo que surge, y que ha sido su creador.
Se dice que todo aquello que no puede ser dicho, expresado o verbalizado, tiene que ser experimentado, y es lo que emprendemos con la inefable aventura de la meditación. Tenemos que ir allí, hay que intentar llegar allí para saber lo que es.
¿Cómo explicaríamos, a alguien que nunca lo hubiera hecho, en qué consiste el soñar? Hagamos el intento de explicarlo en este instante. ¿Verdad que no podemos? nos faltan las palabras (¿o nos sobran?) da igual, es imposible. Lo mismo ocurre con la meditación: no podemos explicar qué hacemos, cómo lo hacemos, a donde vamos. Simplemente hay que hacerlo. En definitiva, ese esfuerzo, esa perenne disponibilidad, es el precio que tiene que pagar el buscador para acceder a los lugares más recónditos e inmarcesibles de la naturaleza humana (es el todo). Aquellos a los que será develada la esencia de la existencia misma, el lugar donde todo le será revelado y al que llamamos Nirvana. Todo lo que allí hay no es un secreto, todo el mundo puede acceder a ello, sólo tiene que buscarlo sincera y firmemente a través de la meditación.
Dios nos provee, sin que los sepamos, si no lo buscamos, los medios necesarios para llegar a donde debemos ir, el único lugar que tiene sentido en la vida. Sólo hace falta un corazón limpio, una vida recta, una voluntad firme y un deseo sincero de hallar la verdad Estar dispuesto a sumergirse sin ambages en el misterio Infinito que le espera al otro lado del sendero.
Porque en definitiva todos debemos ir al otro lado, desandar los caminos y pasar del mundo cotidiano, previsible y razonable, al mundo interior donde todo es luz, donde no hay línea divisoria, no hay dos conciencias, no hay dos mundos, exterior e exterior. Solo hay un mundo, una conciencia, una Divinidad, un Dios. Solo hay una energía vital universal que sustenta el universo entero. El único lugar que existe en la verdad, el único al que hay que llegar. (como que paradoja es en el que estamos).
No voy a sugerirles aquí ninguna técnica ni método alguno. Simplemente venga con nosotros, siéntense de la manera más cómoda y repose en nuestro silencio mutuo, dirijan la mirada a su interior, con amor y desprendimiento, con implacable tenacidad y esperen que Dios les hable al oído (o cualquier medio a través de los que nos habla). Este seguro que El vendrá en su ayuda.
Dios habla a cada uno con el lenguaje que cada persona entiende, y en definitiva esta es una búsqueda personal, íntima e intransferible. Cada uno debe emprender su propio viaje.
Ningún sincero buscador se queda sin saborear el delicioso fruto de su búsqueda.
Compilado por: Eddie Ferreira.